lunes, 15 de junio de 2020

LETHAL HUEVO FRITOR


La época en la que me vine a vivir sólo (conmigo mismo, quiero decir) al kerfo donde habito actualmente (ahora junto a las dos personas más maravillosas de mi vida) fue una época en la que el rock and roll me abrazó con la mayor intensidad que yo recuerdo.  Eran tiempos  del “RockandFuckingRoll” (una de los primeros foros de rock,  creado por el recordado Kike Turmix y dónde conocí a algunos de mis mejores amigos a fecha de hoy), la era de los grandiosos  RIP KC, de los que fui su tour-mánager y con los que monté uno de los primeros grupos “tributo” que hubo en Madrid (Los JuanRAMONES).

Ésos fueron los primeros años del Gruta 77, y el cénit del Rock Palace como epicentro de lo que se cocía en el underground madrileño.  Íbamos a conciertos todas las semanas, algunas de miércoles a sábado, y el cuerpo resistía los embistes de la noche mientras  el crapulismo nos envolvía con su capa decibélica: Éramos alimañas del rock.

Motociclón no existía, pero estoy seguro que sin ésos cimientos, jamás lo hubiera hecho.

Estábamos en los estertores del invierno y el circuito de salas (Siroco – El Sol, los mencionados Gruta 77 y Rock Palace y por supuesto los añorados Jimmy Jazz y el Hebe de Vallekas) hervía burbujeante de ruido talentoso. Probablemente, los conciertos se sucedieron durante al menos las dos noches previas a aquél sábado.  Vamos a ponerle que era marzo de 2001.

Me desperté sólo, en el más amplio sentido de la palabra, sin despertadores y, como buen “looser”, sin nadie al otro lado de la cama (que era lo habitual cualquier sábado o domingo).

Me incorporé, me encendí un truja, me dirigí al tigre y, poniendo al límite el grifo del lavabo, succioné, literalmente, el chorrazo a presión que emanaba, chupándome, como mínimo, un litro y medio de agua y  que poco más devuelvo a la naturaleza a través del váter en forma de cabra incolora.

Tras una ducha estimuladora, empecé a notar un hambre del copón, así que abrí la nevera, para ver qué manjares me regalaba, pero el panorama no era como para montarse unas jornadas gastronómicas, precisamente.

En ésos tiempos, junto a mis hermanos pequeños, los Rip KC, teníamos la costumbre de poner al “Pauly”, el cuñao de Rocky Balboa, como tótem de nuestras desgracias. “Tengo menos dinero que el cuñao de Rocky”, decía uno. “Follo menos que el cuñao de Rocky” contaba el otro.

“Tengo la nevera como la del cuñao de Rocky” pensé en ése momento; y es que sólo había, entre latas de birra y cola, un cartoncillo de ésos de media docena de huevos, con un sólo superviviente, el cual me dispuse a freír.

No os voy a dar, a estas alturas, un tutorial de cómo freír un huevo, pero me salió del copón: La yema naranja y la clara con rizos por todos laos. Un puto huevo frito en su cénit existencial. El problema fue cuando, sujetando la espumadera con la mano derecha, fui a depositar la sartén en el soporte – quemador que había utilizado.

Como mi concentración físico-mental estaba absorbida por ése peazo de huevo pecador, lo coloqué sin mirar, sin percatarme de lo nuevo y resbaladizo que estaba todo hasta que la sartén hizo un flash, e hizo un volquete letal que devolvió todo su contenido a mi mano abierta, ya que el subconsciente hizo que intentara agarrarla.

Qué rico. Un cuarto de litro de aceite hirviendo en la palma de mi mano y chorreando por el dorsal de la misma haciendo riachuelillos por los nudillos.

Mi primera reacción fue gritar agónicamente. Pero me di cuenta que me estaba poniendo en plan peliculero. Ya que no era para tanto.

No era para tanto los cojones. Inmediatamente no hubo dolor, pero pasados unos segundos, una vez el aceite iba haciendo su efecto en las capas de la piel y en los nervios, un escozor intenso me apretó, como si  el demonio agarrara mi mano con la suya. Entonces, no dudé en recurrir a la única opción que podía tener en ése momento: abrir el grifo de agua fría de la pila de la cocina y poner la mano debajo.

Qué gustito.

Como tampoco me podía quedar ahí en plan muñequer para el resto del día y mientras pensaba qué podía hacer, contemplé al huevo frito fuente de mi desgracia. Un huevo frito letal. Un huevo frito de madre campera que me observaba con ése ojo naranja todavía caliente.  Cíclope de barba dorada y rizada que escondía la sonrisa de la venganza como diciendo “haberte hecho vegano como tus colegas hardoretas, peazo mongol”. Así que cogí aire, me dirigí al cubo “de fregar”, el cual vacié en el váter del agua estancada y opaca que contenía (y que me sirvió para descubrir el origen del aroma a cloaca de mi cocina) y, tras llenarla de agua fresca y clara, me llevé todo el kit de sobre-mesa al comedor. El huevo duró menos de un minuto, el cual devoré intentando manejar con la destreza que me permitía mi  mano sana (y que no recuerdo si era la diestra o la izquierda). La otra, la dejé todo el rato dentro del cubo. Encendí la tele.

La tele de marras, era un televisor de ésos gigantescos que pesan como una persona adulta y que en los ochenta serían la polla, pero en aquél momento, no era sino un armatoste infame. Carecía de mando a distancia, por lo que siempre estaba puesto el mismo canal, uno donde sólo daban pelis. Un engendro tecnológico que me vino “de regalo”. Uno de ésos obsequios envenenados que te ofrecen como si te estuvieran haciendo un favor cuando realmente el favor lo estás haciendo tú.

Ahora que lo pienso, lo único bueno que tuvo ése puto aparato es que cuando vino el apagón analógico, me inspiró para plantearme no tener televisión en casa durante un tiempo. Y ésa fue la razón por la que estuve tres o cuatro años sin TV.

En el momento de la sobremesa, estaban dando “Maverick”, una película ambientada en el “lejano Oeste” en la que Mel Gibson interpretaba a un prenda que se le da de puta madre jugar a las cartas. No tengo ni puñetera idea si jugaba al Mus, al Chinchón  o al Julepe, que yo de eso no entiendo, pero el caso es que no consiguió hacerme desconectar de mi principal preocupación aquel día: ¿cómo coño iba a ir al concierto que había en el Rock Palace ésa misma noche?

Sin hacer mucho caso al flow de la historia del largometraje, me puse a hacer un concurso conmigo mismo, del rollo “Aguanto con la mano fuera del cubo un segundo, dos, tres, cuatro, cincooo oaaaag… uff…” y así durante un buen rato.

Pasados no más de cinco minutos del “reto” de marras, y habiendo establecido un récord personal de unos 10 [o 6] segundos, me dispuse a dar el paso para iniciar mi cura. Una cura récord que no debería llevarme más de las 5 o 6 horas que restaban de mi cita en el Rock Palace con mis amigos Manolo Glub, Sus, Carmaicol, los gemelos, y las hordas Rip Kacianas.

Como era incapaz, ya veis, de aguantar apenas unos segundos con la mano fuera del agua fría, y dado que era un canteo salir a la calle con ése pedazo de cubo, me dispuse a cambiar de recipiente y, tras rebuscar entre mi lujosa vajilla formada a base de vasos de plástico de jaias, gaztetxes y fiestas populares, encontré un vaso de “mini” de los de toda la vida. La mano me entraba bastante apretujadilla, pero me ofrecía más independencia a la hora de moverme.

Como vivo rodeao de farmacias (y bares, para compensar), en tres minutos estaba entrando en una de ellas. La tocha, la que está abierta las 24hs.

Cuando aparecí por la puerta, el chico que me atendió me miró como conteniéndose la risa:

  • En… ¿En qué puedo ayudarle?
  • Pues mira. Resulta que se me ha vertido el aceite hirviendo de una sartén, y estoy que no me aguanto del dolor, ¿tienes algo?
  • Mira, te recomiendo unos apósitos impregnados en nosequépollas de pomada analgésica, y tal y pascual….

Y tras hacerme unas recomendaciones sobre la posología del producto, me lo metió en una bolsita levantando las dos cejas la compás, como diciendo “anda cuidate, gañán”.

  • Buenas tardes, y muchas gracias
  • A usted. Y buenas tardes.


De vuelta a casa, al intentar ponerme las toallitas impregnadas, comprobé que la crema que contenían, por muy analgésica que fuera no tenían un efecto lo suficientemente inmediato como para hacerme una manopla y continuar con el plan del sábado como si nada, ya que, si sacaba la mano del vaso de plástico, el dolor era  cada vez era más intenso. Estaba claro: necesitaba algo más duro, más fuerte. Más heavy.

Y si detrás de mi kerfo tengo la farmacia 24 hs, delante tengo un pequeño hospital, así que con el mismo método, “mano_en_Katxi”, me fui para las urgencias del “Virgen de la Torre”.

Como no había nadie, enseguida me atendieron y también fliparon con mi aspecto.

  • “Aquí no podemos ayudarle. Usted debe ir a su ambulatorio”

Me dijo el enfermero que tomó la iniciativa, y que parecía ser el jefe.

“Mi ambulatorio” resultó estar en el barrio de mi madre, donde me crié, que está a unos 6 kilómetros. En ése momento me acordé del Panceta [uno de los protagonistas de ésta historia], y de cómo una vez le fueron a poner una B12 en la casa socorro de Mombeltrán y el, ni corto ni perezoso se bajó toda la ropa y abriéndose los cantos de las nalgas les dijo a los sanitarios “Ahí lo lleváis, si le dais al centro, tenéis 10 puntos, jajajajaajooojjjajjooojjaaa”.

Lejos de indignarme ni de emular al Panceta, les puse cara de pena, y les dije:

  • Mirad que pintas traigo ¿de verdad tengo que pillarme un autobús asina? ¿en serio no tenéis algo que me podáis introducir por el culo?
  • Bueno, chaval, por el culo no exactamente, en todo caso, en la nalga.

Y, con cierto gesto de complicidad y empatía, accedieron a  prepararme una inyección de “Nolotil” o algo por el estilo.

Antes de  que sacaran el producto para introducirlo en la jeringuilla, yo ya estaba con el bulla en pompa y mirando pa la meca.

Qué rico.

El Pastruz ése que me metieron por el glúteo hizo efecto a los pocos minutos,  tiempo que aprovecharon para confeccionarme un guante mazo de guapo a base de toallitas impregnadas (de las que minutos antes me había vendido el farmacéutico), apósitos, y un vendaje que  hizo que mi mano pareciera la del muñeco de Michelín, o la del monstruito que salía en la [épica] secuencia final de “Cazafantasmas 1”

                         

Sentía que, si bien esto no significaba mi cura total, al menos iba a salvarme el sábado. Todavía tenía molestias, pero estaba convencido de que el pimple correspondiente a una noche de rock and roll mitigarían cualquier ápice de dolor.

El grupo que tocaba ésa noche en el Rock Palace eran unos yanquis geniales que se llamaban “Cretin 66”.  Punk heavy and roll de ése de los primeros dosmiles, rock greñudo con parafernalia a base de llamas, dados colganderos, bolas ochos, guitarras al viento y toda la perfo:



En el encuentro parroquial en el Palace, hubo bastante cachondeíto en torno a la historia que rodeaba  a mi mano vendada, pero  en cuanto sonaron los primeros guitarrazos, nos metimos de lleno en el chou de los norteamericanos.

El concierto estuvo del copón. Nos la gozamos, bailamos, hicimos air-guitar y nos enchufamos múltiples unidades de combinados a base de DYC o Rones-colas, según los gustos de cada cual.

Horas después, habiendo llegado a ésa fase en la que a pesar de tener la brillante oportunidad de irte a casa, eliges  pasar a la siguiente pantalla: La “fase-desfase”, en virtud de la cual decides, junto con el resto de trufas a los que también se les ha calentao el pico, aterrizar en el templo del metal de aquellos tiempos: La Discoteca Excalibur Metal.

La verdad es que era  muy raro que, siendo viernes o sábado, no terminásemos la noche en la “Excali”. Allí continuábamos engullendo cubatas, hablabas con unos y otras, contabas chistes en voz alta o,  si sonaba algún hit ineludible, practicabas el arte del air-guitar. Si te flipabas mucho, incluías el hincamiento de rodilla dentro de la coreografía u otros nuevos “pasos” de baile, como lo que se viene a  denominar  “deslizamiento triunfal”, una práctica que consta de una carrerilla que se interrumpía mediante el lanzamiento al suelo con el interior de las dos rodillas, que iniciaban el deslizamiento y que culminaba con cierta velocidad hasta que apoyabas toda tu espalda en el  gres. El cuerpo que se te quedaba era similar a éste:


Esto es de un festi que dimos los Motociclón con los Mostros y los Muletrain en Palma.

Lo que tengo encima es un monitor. Sí. Me dio el punto de echármelo encima.

Aunque el origen de esta foto no tenga mucho que ver, así se te queda el cuerpo cuando haces un Deslizamiento Triunfal




No tengo un recuerdo formado de la canción que estuviera sonando en aquél momento, pero de lo que sí estoy seguro es que mi punteo al aire incluyó el deslizamiento triunfal.


Una vez  me levanté, seguí a mi brondi uniéndome al grupo de mis crápulas amistades. Segundos después, empezó a oler a chamusquina: Se conoce que  cuando me apoyé en el suelo para mi incorporación, mi manopla se topó con una colilla de cigarro encendida.


Observé como el capullo incandescente del truja se había acoplado entre el tejido del vendaje, soltando una  nube de humo considerable. Entonces agité mi mano, nerviosamente, lo que hizo que apareciera una pequeña llama, llama que creció cuando mis colegas se pusieron a soplar.



Fueeegor!

En El Excalibur me sentí

 “Eddie 1982”

Finalmente, el más lúcido de todos vació lo que  quedaba de su cubalibre, apagando el fuego y dejando la mano vendada con unas tiras negras colganderas que daba pena verlo.

Se cierra el telón.


Se abre el telón:

Me encuentro en el baño de mi kerfo. No recuerdo cómo llegué. Mi amiga Sus me está ayudando a quitarme lo que queda del vendaje y según va quitando trozos de venda y  apósitos con tonalidades marrones y amarillo fosforito, van apareciendo pompitas con liquidillo en su interior. Una ristra de ampollas que evidenciaban la mutación de mi mano a lo largo de la noche.

  • Jó, tiiiio…. La que tienes montá !

Comenta Susana que, sin perder ni  la compostura ni ésa sonrisa tan graciosa y como casi siempre infinita, me propone pinchar las burbujas.



Se cierra el telón.





F  I  N
Os dejo una lista (que irá creciendo según vaya recordando bandas) de GRUPOS QUE VÍ EN EL ROCK PALACE. Algunos lo petaron después.... 

https://www.youtube.com/playlist?list=PLKgc8dkDY9vl_rNMpMLlmnbU6aZfdYoFc