viernes, 15 de julio de 2022

QUE VIVA LA BATALLA NAVAL!!!

Batallitas, Batallitas… * 


La foto mental de mi primera Batalla Naval que aún guardo en mi memoria, es del parque de Azorín. En ella me veo tirado en la hierba de la zona que da a la calle del Arroyo del Olivar,  junto con algunos de los amigos del cole : Carmaicol y Carlos “el chino”, su plas,  Fernandito Román o mi hermano Franchu . Es posible que Jesús y Carlos "Halford" también formaran parte de esa instantánea. 

Los mismos colegas que formaríamos, pocos años después, la gran cuadrilla del metal, y con los que viviría mis primeros conciertos, como los del Vallekas rock, el de Obús en la plaza vieja o Bellabestia en Entrevías; a parte de los míticos festis en el rockódromo. Aunque esa, como se suele decir, es otra historia.

Poco antes de ese momento en el emblemático parque, habíamos estado encajando cubazos de agua a base de bien, y es que nosotros, profanos en ése tipo de jaranas, llegamos al Bulevar vallekano sin mucho armamento.

Lo cierto es que no recuerdo cómo nos enteramos del evento acuático, sólo que nos bajamos improvisando sobre la marcha, sin tener muy claro el panorama con el que nos íbamos a encontrar. De camino al Buelvar,  no se nos ocurrió otra cosa que petar una papelera (de esas que tenían un pastruz negro que servía de enganche a la farola y con las que también nos hacíamos bolígrafos metiendo la mina de un "BIC" por el orificio interior) con el objetivo de utilizarla de, no sé .... ¿cañón?.  Pero una vez  conseguimos llenar de agua la papelera de marras, no encontramos la manera de levantarla por lo que nos convertimos en un objetivo fácil, ya que no éramos más que cuatro niñatos incapaces de levantar un recipiente que pesaba casi como nosotros mismos. Así que nos merendamos una tormenta de agua del veinticinco. Eso sí, con la alegría y actitud que da la extrema juventud.

En el “Bule” no habría más de 100 personas. Andaríamos en el año 1983.

En los siguientes ochentas las batallas se sucedieron de forma más o menos intermitente por mi parte, ya que no fui a todas, y con actos más o menos vandálicos, y es que había peña a la que se le iba la olla.  Porque una cosa es enchufar cubazos a los autobuses o a los taxis, y otra muy distinta es hacerlo con los usuarios que salían del bus. 

O para bordar la tontá, empapar a la peña que aguantaba estoicamente la cola del cine "Excelsior" a  43ºC 

En estos ejercicios de extrema imbecilidad mis amigos y yo no participamos activamente. Porque ni puta gracia nos hacía. Otra cosa era echarle agua a los munipas. Ahí sí que nos implicábamos.

 

En uno de aquellos julios navales, hacia el segundo lustro de la década de 1980, recuerdo un chascarrillo con un jincho. Andábamos en pleno apogeo naval situados, por capricho de la casualidad, en el semáforo que hace semiesquina con Monte Igueldo, observando, calaos hasta la médula, como los viandantes del otro lado del Bulevar pillaban cacho a base de bien por los vecinos que desde las ventanas, terrazas o azoteas les lanzaban sus "regalitos" en lo que se podría definir como "cubazos de triple impacto": la hostia recibida porque te vengan encima 8 kilos de agua desde un quinto piso, la consiguiente empapada, y el cabreo resultante. Aunque hay que decir que gran parte de la peña se lo tomaba con alegría o, al menos, con filosofía. Al contrario que el noaino de marras:

El caso es que éste bajaba por el bulevar montao en su Derbi Variant, con un cigarro en la boca. Con porte, con seguridad, y con ésa chulería torera de la que sólo disponen los necios. Entonces, el semáforo se pone en rojo y el sujeto detiene el “motociclor”,  manteniendo el rugir de su tuboscape trucao.

De repente,  aparece un crío espontáneo con un cubo playero lleno de agua hasta los bordes, y sin cortarse un pelo, lo vacía en el careto del quetecuén. La postal es difícil de describir: el gitano, con el cigarro mojado aún entre los dientes, le pone la pata de cabra a la Variant y se levanta repentinamente de la moto. Desafiante, visiblemente enfadado y, por lo que parecía, dispuesto a liarse a hostias con el primero que se cruzase en su camino,. enseguida pudo observar a una gran cantidad de "cófrades" con sus cubos repletos y dispuestos a emular al niño. Y fue entonces ccuando se le cayó todo el costo.  

Asina que tomando una pose cómplice,  le pilló un cubo a uno de los chicos que estaban enfrente suya, y tras derramarlo torpemente hacia ninguna parte, (el muy lebrel no se lo echó encima por tablas), se peinó patrás con los dedos, se montó en la moto, y se fue de najas.



Ya en los noventa, la cumbre del surrealismo se produjo hacia la primera mitad de una década que para mí, con sus contrastes, tuvo muchas luces en torno a la kontracultura en el barrio.

Sería el año 92, año de sequía tanto hidráulica como presupuestaria (era el año del “Expolio92” sevillano, las Olimpiadas y ... el mangoneo general. el caso es que se habló de suspender el evento por falta de agua.

Pero como se suele decir, “los tiempos de crisis agudizan el ingenio”, a algún iluminado municipal no se le ocurrió otra cosa que hacer, en sustitución de la batalla naval, la “Fiesta de la Espuma”, instalando un armatoste gigantesco en forma de botella de cava, que eyaculaba espuma sin compasión. El dispositivo de marras, no era otra cosa que parte del atrezzo empleado tiempo atrás en el programa de Rafaela Carrá (el “Hola Rafaela!!”), la popular vedette italiana objeto del onanismo de muchos puretas en el ocaso ochentero. Vete tú a saber, si en un ejercicio de altruismo extremo, tal engendro no fue donado personalmente por el mismísimo José Luis Moreno. Que digo yo, que ya que le enchufaba un buen pastizamen al PP, arreglarle la batalla naval a unos lusers de clase obrera para que se entretuvieran, pues no era para tanto!

En ésos tiempos no éramos ya ningunos chinorris. Sino unos trufas en potencia. El caso es que la peña de mi cuadrilla ( que se había ampliado con El Pelos, El Protozoo, Paco May, o José El Mechas.)  no sé de qué manera, nos encontramos debajo de aquél cañón emanador y, sin momento para reaccionar, acabamos cubiertos por la incesante marea de espuma letal. A los pocos segundos, nos quedamos ciegos y exentos de la orientación necesaria para ubicar nuestra huída, y eso se convirtió en una feria de hostias en la que se incluían pisotones, cabezazos y topetazos múltiples (también con los troncos de los árboles), además del agobio añadido que supone quedarte sin respiración, lo que se tradujo en paranoia colectiva; y en la pérdida de enseres personales como gafas, gorras y sobre todo, chanclas (el Pelos perdió una suya pero se encontró otra mucho más guapa, de piel, aunque también mucho más grande  -unos 4 números más-).

Esta fue de algún modo, la “batalla Express”, ya que una vez salimos de la melé de participantes y recuperamos la realidad, nos fuimos de litros & canutos a la Plaza Vieja. Mis colegas se quedaron en el festi que LaBanda ofrecía en la histórica plaza y yo me chindé soliplás a ver al B.B. King, que ya me había pillao la entrada. Impresionante.

Año 9 del milenio. Ésa puta mierda infame que llevo en la cabeza no valía ni para tomar por culo. Bueno sí, ampliaba las posibilidades de sacarle un ojo a cualquer vecinx que se acercara, ya que no todas las varillas disponían del protectorcillo de plástico reglamentario.


Con el paso de los años, aunque haya perdido ése punto de “aventura exclusiva” de un@s poc@s y se haya “estandarizado”, la lucha de los colectivos implicaos ha conseguido que “La Batalla Naval” vallekana sea un clásico que no entiende de fronteras, razas ni condiciones, y aunque las últimas ediciones se parezcan cada vez más entre sí y no den lugar a muchas sorpresas, creo que ha ido evolucionando notablemente. 

 

*Publicado en el cómic editado por la Cofradía Marinera de Vallekas con motivo del 30 aniversario, en julio de 2011.

  

En 2013, tuve el honor y el inmenso placer de ser el Pregonero de la Batalla Naval. Por ahí tengo el pregón, pero me da rollo exponerlo.