Google+ Badge

domingo, 12 de marzo de 2017

LA TARDE QUE VOLVÍ A NACER


Tengo un colega ferrolano que se llama Mito.

 

No sé su nombre real,  pero eso no importa mucho. Lo importante es que es un tío de puta madre, y un músico cojonudo.  
Toca en un grupazo  hardpop que se llama Holy Water y de los que me reivindico como fan absoluto. Al loro qué temón:





También  estuvo en Mogollica,  el mejor puto tributo a Metallica del mundo.

Si no fuera por su imagen de paisanos, por su elevado caché, y porque El Ferrol está donde da la vuelta el viento,  lo hubieran petado en el circuito de tribute-bands del globor:


Pero si hay algún artista por el cual mi amigo Mito haya sido objeto de alabanzas es por su colaboración con el gran F De FECAL.  No os perdáis su infame, a la par de sublime, cover del "Black Sabbath":


El caso es cuando le pregunté si era él quien tocaba el "sobaco-fuzz", me dijo "Qué va tío, yo soy el de la melódica" (la "melódica" no es otra cosa que el pastruz ése que  es como un tecladillo que se toca soplando por un tubo).

Seguidamente, Mito añadió: "Yo es que NO tengo superpoderes. Ya me gustaría...."

Al loreto Valverde. “No tengo súper-poderes”, me dice el prenda.

Esa afirmación me hizo pensar en la cantidad de colegas que tienen  ése tipo de “virtudes” las cuales  quizá no sirvan ni para tomar por el culo, pero que siempre fueron objeto de chanza, risas y admiración por parte de los presentes,  en alguna  de aquellas tertulias en esos tiempos pretéritos en los que compartíamos tardes de calor letal sentados en un banco de la calle;  por poner un ejemplo. 

Alguno de los muchos “superpoderosos” del barrio eran mis dos grandes amigos, los gemelos Jesús y Carlos (éste último conocido como “Halford” en los círculos artísticos).

Los Gemelos eran capaces de silbar introduciéndose cualquier dedo entre los dientes.  También hacían una cosa muy extraña con los párpados: les daban la vuelta de forma que la carne interior, de color rosado,  se les quedaba a la intemperie, y el careto resultante daba tan mal rollo que parecían monstruos mutantes.  U otra muy curiosa: se te quedaban mirando, abrían la boca mínimamente, y, en un golpe de mandíbula, les salía de las fauces un chorrete como el de las pistolillas de agua. Vamos, que te larpeaban el jepeto por la feis, ante las risas de la concurrencia.
 

Por citar, rápidamente y sin tirarme mucho el folio, a un par de personajes que tenían características mutantes, había un gitano en el barrio al que apodaban “El Espiderman de Goma”, y es que el  notas era capaz de darse un garbeo “a la pata coja”. Pero con la pantorrilla apoyada en la nuca.

Otro, mi hermano Franchu, independientemente de la altura desde la que se tirase a la piscina o el impulso que pillara, caía al agua, pero lo hacía como una boya (y no, no es ése truco en el que sumerges, te quitas el bañador, y sacas las nalgas a la superficie). Y es que al Franchu no se le hundía la cabeza.
 

Bueno, voy a finalizar éste pequeño glosario de súper-poderes, con la extraordinaria habilidad que tenía César, y así doy comienzo a éste capítulo,  que por eso le he puesto el nombre que le he puesto.

 

Como alguna vez os he comentado, desde hace muchos años, casi treinta, paso muchos días de verano y algunos puentes en un precioso pueblo de la sierra de Gredos que se llama Cuevas del Valle.
Allí, al igual que a muchos personajes reseñables en mi vida, conocí a César. Creo que le apodaban “El Maqui” o algo así. Oriundo de Alcalá de Henares, César era amigo del “Ferdi”, un chaval muy cachondo de la cuadrilla de mi hermano Rubén “el Zeta”. Pero César, debido a su carisma y peculiar forma de tomarse las cosas, enseguida se ganó el afecto y cariño por parte de diferentes parroquias, incluida la mía. 

César era muy gracioso. Bajito y flaco y con “peinado-cenicero” (muy común entre los bakalas noventeros).
pelo-cenicero.
El zagal de la foto no es César. Es Gregorio, "Que tiene un ojo fijo, y el otro giratorio".


Con las orejas puntiagudas pero ligeramente desabrochadas en la parte inferior, César utilizaba esta última facultad para quedarse con la peña: Se metía los lóbulos de ambas orejas en el oído y se ponía a moverlas de atrás hacia adelante, hasta que de repente y casi simultáneamente, hacían “flop!” y todo volvía a su sitio, ante la mirada atónita de los iniciados, y los aplausos de los múltiples fans que empezábamos a ser legión entre los Covacheros (lugareños de Cuevas del Valle). 

Con un timbre de voz aflautado, similar al de “El Pirri” (conocida estrella del cine-quinqui de los ochenta),   César tenía lo que comúnmente se conoce como “frenillo”. Esto es, que debido a un problema en la parte inferior de la lengua, las “c”, las “r” y otras consonantes las pronunciaba de forma que, en lugar de salir “ce” o “erre”, le salía un sonido algo difícil de describir.  Cuando coincidí con él aquella tarde de verano en la Estación Sur de Autobuses, hacía un año que no le veía, así que, por si no se acordaba de mí,  no dudé en presentarme:
  • “Hey! Que pasa!? Soy Roberto, el hermano del Zeta, ¿cómo lo llevas?”
  • “Dabuten. Me chindo el finde al pueblo”
  • “Pues nos vamos juntos… Por cierto, socio, ¿cómo te llamabas, que no me acuerdo?”
  • “Jshejshag”
  • “¿cómor?”
  • “Jsheeejshag”
  • “Perdona macho, pero no te pillo….”
  • “QUE ME LLAMO JSHÉJSHAG, COÑO!!!”
     
    Cómo veis, llamarse “César” y tener frenillo, es una putada cuando intentas decir tu nombre. Por eso es mejor utilizar un apodo pronunciable por todo el mundo.
     
    Cuando llegamos al pueblo, lo primero que hicimos fue intentar buscar a los parroquianos que formaban parte de la pandilla de César, y que, como os he comentado antes,  era la misma que la de mi plas.
     
    Era una tarde de calor, por lo que supusimos que estarían en la piscina, o en el río. Pero fue Jose “El Panceta”, quien nos informó de su paradero.
    Le vi cruzando por la esquina de “El Casino” (la taberna social del pueblo) en dirección al caño de agua que hay instalado en del muro de la iglesia, y  le silbé:
     
  • “fiiiiuuuu!! Aúpa ése Pancetaaa!! ¿no sabrás dónde andan mi hermano Rubén, el Ferdi, y toda ésa peña? Es que César, un colega suyo, ha venido a verles”.
     
  • “Roberto! ¿Qué pasa tronco? Éstos están en Rasquilla.  Se han subido a pasar la noche. De pedo, ya sabes…”
     
    “Rasquilla” es un paraje que, teniendo en cuenta que está en la sierra de Gredos, tampoco es que sea como para tirar cohetes, pero tiene un prado por dónde cruza el río Tormes y hay alguna charca para bañarse. En ésa época, incluso podías plantar una tienda de campaña.
    Así que cuando éramos teenagers (sin coche y con poca pasta) íbamos de vez en cuando, pegándonos una pateada brutal subiendo unos dos Kilómetros por la empinadísima Calzada Romana desde Cuevas al “Puerto del Pico”, y luego caminando por el arcén de la N-502 otros tres kilómetros más. 
    Caminar todo ése trayecto, era inviable para César.
     
  • “Cagondiolsghs”  Suspiró César, sin poder disimular su desazón.
    Pero El Panceta, truncando cualquier atisbo de preocupación al respecto, irrumpió rápidamente:
     
  • “Yo os llevo. No hay problema”. “Me he sacao el carné este año, y tengo carro!!”
     
    Así que acompañamos a José hacia su buga con intención de culminar el encuentro entre César y sus añorados amigos.
     
    Jose “El Panceta” era un chico jovial. Era a quien más se le oía cuando se ponía a cantar, fuera cual fuera el  escenario. Si en el disco-pub del pueblo (El “Zipi & Zape”) estaban poniendo a los Suaves a todo rabo, él se ponía a cantar a los Barricada, y sólo se le oía a él.  Podías estar en una calle o plaza del pueblo a varios cientos de metros de distancia del “Panceta”, que podías escuchar sus melodiosos berridos, aunque él estuviera en la otra punta.  
     
    Además, se jactaba de sus múltiples hazañas entre sus compadres, por lo que muy a menudo montaba corrillo para contar sus aventuras.
     
    Durante el trayecto a nuestro destino, y mientras subíamos las múltiples y cerradísimas curvas del valle, Jose “El Panceta”, nos contaba lo bien que le estaba viniendo lidiar con todos los tramos de carretera y caminos semi-asfaltados (y angostamente curvos) de las cinco villas, enclave dónde se encontraba el pueblo.
     
  • “Le estoy quitando el miedo”, decía orgulloso, mientras miraba a su derecha y hacia atrás, trasmitiéndonos su entusiasmo.
  • “Vale, me parece de puta madre. Pero mira pa’lante, tgonco”, le respondía César.
     
    Cuando llegamos a “Rasquilla” el encuentro fue de lo más fraternal, e inmediatamente se compartieron abrazos, besos, tabaco mezclado, tabaco sin mezclar, y una caja de botijales de “San Miguel” (en fin, en ésa zona es lo que hay), recién adquirida de la “Venta Rasquilla”, uno de los establecimientos de la zona.
     
    Pero por parte del Panceta y mío, una vez cumplimos nuestro cometido, el encuentro duró lo que dura un botellín fresquito en una tarde de verano.
     
  • “Tío, yo me tengo que pirar” dijo El Panceta, mientras finiquitaba su birra y emulaba a los sapos y ranas de la zona, con un sonoro eructo.
  • “Y yo, que  también quiero ver a los de la peña”. Le respondí.
     
    Así pues, enhebramos de vuelta a Cuevas del Valle.
    En pocos minutos ya habíamos pasado el Puerto del Pico, iniciando un descenso hacia el pueblo que consta, como he comentado, de incontables y cerradísimas curvas y muy pocos tramos rectos. 
     
    Llegando a una de ésas escasas rectas, nos topamos con un camión en nuestro carril. Pero no un camión de ésos pastruceros que tienen una caja frigorífica, o un habitáculo para transportar chatarra o del tipo de camiones que llevan los rumanos para acumular cartonaje  en el centro de la capital. No. Éste era un puto tráiler, con su cabeza tractora “Volvo”, “Man” o “San Suputamadre”, y un remolque en el que cabía toda la tabacalera española. 
     
    Comprobé su longitud cuando “El Panceta”, experimentando una simbiosis entre el Mel Gibson de “BraveHeart” cruzao con  el de Max Rockatansky (el de “Mad Max”), se puso a adelantarle, invadiendo el carril contrario. Así, sin pensar. Con dos cojones.
     
    Pero los cojones se nos introdujeron para dentro del cuerpo hasta llegar a  la boca del estómago, cuando nos topamos con un coche que venía de frente.
     
    Y de repente, como si el mundo hiciese una pausa en su rotación, todo enmudeció. El conductor del vehículo que, casi de forma inevitable se precipitaba a lo que sería un choque frontal ineludible, giró levemente su turismo hacia su derecha, invadiendo el arcén lo justo para que El Panceta se ajustara al camión, y los tres vehículos pudieran caber, de forma inverosímil, en la estrechez de la calzada. 
    El silencio se mantuvo durante al menos un minuto. Hasta que El Panceta lo rompió, diciendo ...

    • “Joder, macho. De la que nos hemos librao”  Dijo. Tras una leve pausa, continuó:
      “… No digas nada en el Pueblo.”
    • “Tranqui”. Le respondí, mientras me preguntaba “Hemos estado a punto de matarnos, y a éste sólo le preocupa su reputación como conductor ¡?”
     
  • Pero no me enfadé con él. Creo que nunca más volví a montarme en un coche conducido por Jose “El Panceta”, pero no. Ni me enfadé ni se lo reproché. Al fin y al cabo nos habíamos librado de un piñazo de consecuencias desastrosas.
     
    Por supuesto mantuve mi promesa de no contar nada a la gente de Cuevas. Pero no tuve que cumplirla más allá de unas horas, ya que, ésa misma noche, cuando estábamos  a punto de iniciar un mambo brutal en las tascas del pueblo, alguien de mi cuadrilla (no recuerdo si fue JuanCarlos “El Cafre”, Alberto “El Pato”, o “Edu-Cataratas”) me dijo…
     
    “¿Qué te ha pasado esta tarde con el fitipaldi del Panceta??” … “aja ja aja akaja . ajajjaja..”
     
    Y es que, como he dicho antes, a mi amigo Jose, conocido como “El Panceta”, le encantaba hacer corrillo y contar sus aventuras.
     
                                                                                        F I N



Ah!!

Volviendo al Mito. Sigo sin saber cuál es su nombre de pila. Pero llevo unas semanas escribiéndome con él. Siempre hablamos de rock y lo que hacemos con él (o mejor dicho, lo que el rock hace con nosotros). Ahora tiene una perfo industrial-punk-blues no se qué pollas. Y voy a intentar pegar unos berridos y escribir algo con él. A ver qué onda.

 Entre tanto, me gustaría compartir con vosotros ésa maravilla de grupo que son WINDOW PANE, y que, aunque  lo llevan intermitentemente y con calma, siempre ha sido su grupo de toda la vida, y así añadimos otro de los enésimos proyectos en los que anda metido. Y, seguramente, el más genuino:


A flipar!





No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada