miércoles, 17 de julio de 2019

Así conocí a LOS CHICOS



El Cartel del FESTIMAL2004. Con un contenido digno de que se le caigan los caldos a cualquier amante del Duro-Rock

A las 11:55 sonó el teléfono. Lo descolgué vagamente y lo coloqué, malamente, cerca la oreja.  Y mientras balbuceaba un “gññnnhhhee” con casi todo mi careto incrustado en la almohada, una voz aflautada me recordaba que mi tiempo en el hostal había expirado.  Me incorporé, y me duché y vestí todo lo rápido que me permitió la resaca.  Hasta una hora después, no conseguí bajar a la recepción.


El hotelito se encontraba a las afueras de Cedeira, localidad coruñesa donde se había celebrado aquél “FESTIMAL 2002”, por lo que cada vez que necesitaba ir al pueblo, me tenía que bajar en ciervo, así que le solicité a la recepcionista que me pidiera uno. Y eso hizo.

El calor apretaba con devoción, pero salí a la calle y mientras me fumaba el primer truja del día esperando al taxi de marras, combatía la resaca con la mejor herramienta que tenía en ése momento: el jactarme de lo de putísima madre que me lo había pasado. Ése era el gran alivio para reconocer, en un ejercicio de autocomplacencia, que el taladro que sentía en la cabeza, las náuseas intermitentes y el sentimiento de que de un momento a otro puedes hacerte caca, literalmente, encima, habían merecido la pierna: Menudo puto fiestón rock and roll de dos días me había metido para el cuerpo.

El trayecto desde el hotel a la zona playera me costó menos de los 5 leuros que llevaba en efectivo, así que le pagué al taxista con ese billete y rogándole que se quedara con el cambio, me dirigí inmediatamente al cajero automático que estaba en la misma acera donde me dejó el teki, muy cerca de la carpa en la que había tenido lugar el Festimal.


Pero la desazón me invadió cuando comprobé, no sin buscar repetidas veces, que la tarjeta bancaria me había desaparecido. Y el chuletón que se dibujaba en las últimas viñetas de aquel momento, cual historieta de “Carpanta”, se desvaneció. Entonces, no me quedó más cojones que hacer flashback.
Así que buceé y  busqué, hasta encontrarme  con el momento:
3 o 4 de la madrugada. La última actuación de la noche, y por tanto del festival, había terminado. En Cedeira había un pedazo de garito rock que regentaba un tipo muy simpático; un “mazas” con voz de pito (imaginaos a Terminator con la voz de Gracita Morales), que trataba genial a los trufas y pinchaba una música del carallo. Así que cuando los conciertos terminaban en la carpa del FESTIMAL las huestes del rock nos reuníamos en el bar de marras a engullir cubatas a caraperro y bailar sin descanso. Sólo se paraba para hacer pis, drogarse, o echar la pota.

Como estaba contando, el festival había terminado, así que me fui al mencionado rock-pub (por DIOs! que alguien me recuerde cómo se llamaba !!!). Poco antes de la puerta, me encontré a mi amiga Cristina, con la que tuve una pequeña charla:
  • “Hola Kapows!  ¿Qué haces, no entras al bar?”
  • “Robertez!  … pues todavía no. ‘Los de Madrid’ quieren farlopiña y he quedao con un colega …
  • “Bueno, pues si te parece, me quedo contigo y te acompaño. Después de la perfo, podemos volver y nos la tomamos …”
Una vez adquirida la drogaína, fuimos juntos a hacer la entrega. Cuando llegamos a la parte de atrás de la carpa del Festi, “Los de Madrid” nos recibieron con silbidos, grititos a lo José Luis Moreno, aplausos, puños encuernados … Vamos, una fiesta.  Contagiado por la alegría y mis ganas de participar (teniendo en cuenta de que nunca probé el Periko), saqué mi tarjeta del Cajamadrid y se la dejé a un chava muy majo al que conocía de vista, y por lo que observé, bastante hábil a la hora de diseccionar el montículo de farlopa coruñesa, que terminó convertido en una ristra de clenchas que parecían flamenquines.

Ése fue el pequeño viaje en el tiempo que me confirmó de qué manera eché a perder mi única forma de adquirir la panoja suficiente para, primero, jincarme un chuletown conmemorativo de mi primera experiencia “Festimalera” (luego vendrían otras dos ediciones, al menos) y después, pagarme el viaje de vuelta a Madrid.  Pero constatando el error que supuso adquirir un único billete de ida para llegar a Cedeira, no me quedó otra alternativa que buscarme a alguno de “Los de Madrid”, así que caminé hacia la playa, lugar donde se ubicaba la zona de “Acampada”, en la que quedaban cuatro tiendas guarras mal montás.
Allí me encontré con los resquicios humanos de la batalla. Al primero que reconocí fue a Kid Marcos, a la postre, uno de mis grandes amigos (quien nos iba a decir que más de 15 años después terminaría siendo el Oficiante de su boda), así que me acerqué a él y a la cuadrilla en la que se encontraba, para plantearles mi “problemilla”. En ese momento conocí a un personaje encantador, que era quien estaba llevando las riendas de la conversación: El Piña. Un muchacho de sonrisa perfecta, bello inexistente y verbo ágil que estaba contando una historia surrealista sobre un mocarral en virtud del cual nuestro protagonista estaba sentado en la taza del váter expulsando caldo fecal por el ojete mientras vomitaba, asomando sus fauces entre sus propias piernas. Alguien añadió: “sólo te faltaba hacerte una paja”, a lo que el Piña, en décimas de segundo, añadió, “Sí claro, y reventarme una espinilla”, mientras hacía ademán de explotarse un grano facial, al grito de: “MultiExpulsioooooooón!!”. Las risotadas neardenthales fueron inmediatas. Desde luego, nos partimos el culo a base de bien a costa del chascarrillo.
Por esas fechas, ni él, ni nadie sabíamos que terminaría siendo el batería de Los Chicos, la mejor pub&punk&roll band del mundo mundial.
Tras ése delirante rato, intervine en la tertulia, y, según les estaba terminando de contar mi historia (tampoco faltaron coñas al respecto de la misma)  apareció Edu, también conocido como “Ed Sinner”, guitarrista y frontman de los necesarios HOLLYWOOD SINNERS, que habían tocado la noche anterior. Por un momento pensé que los garajeros toledanos pudieran volver ése mismo día, y así tener la posibilidad de acoplarme como polizonte en su buga, pero Edu, empatizando totalmente con mi situación, me dijo “Lo siento tío, pero es que nos vamos a Asturias de vacaciones” a lo que, casi inmediatamente, añadió “¿Sabes quién se bajan para los madriles? ¡Los Gemelos!”
Al principio no caí quienes eran, pero tras una breve descripción, tuve el segundo flashback de la mañana. Y es que aparte de que les conocía porque en todos los conciertos a los que había ido en ésos años (excepto los heavy metaleros) siempre estaban en primera fila bailando y dándolo todo, justo la noche anterior había tenido una experiencia como “espectador” que me impactó:
En un momento de la noche, mientras uno de los grupos estaba tocando, fui a mearla.  Salí de la carpa y caminé unos metros hasta que llegué al final de la misma, por el lado que daba a la playa. Mientras orinaba, observé como una persona mantenía levantada la parte inferior de la lona, en lo que podríamos pensar que era la zona de “backstage”. A los pocos segundos asomó una pata de jamón asado, incompleta pero aprovechable para, seguidamente, aparecer una segunda persona, EXACTAMENTE igual a la primera.  Luego, mientras terminaba mi micción, estos dos personajillos que parecían haber salido de un “Makoki” desaparecieron, corriendo hacia el portón de acceso y mezclándose entre los asistentes. Durante el resto de la actuación, observé que entre el público de las primeras filas sobresalía un pedazo de Lacón de 7 Kilos, que se meneaba siguiendo el compás de la música. Movido por la curiosidad, no dudé en acercarme todo lo que pude al escenario. Y la postal que me ofreció el momento fue impagable: una horda de rock and rollers garajeros con los rostros resplandecientes por la grasa del lacón, como si les hubieran untado con sebo, bailaban, daban saltos y hacían “air-guitar” mientras se pasaban la pata de cerdo los unos a los otros, arrebañando la carne con los piños como si fueran “Critters”

Y fue entonces, cuando aparecieron quienes serían, desde entonces y hasta nuestros días, unos de mis mejores amigos y más apreciados artistas. Gerardo y Antonio: Los Gemelos.
  • Nosotros vamos mañana a Madrid. Hoy chindamos a Vigo, que toca Bill Wyman. ¿Te apuntas?”
Dijeron al unísono, como si se tratara de la versión calva de las niñas de “El Resplandor”.
No sólo había salvado el culo. Creo que, por todo lo que vino en los sucesivos años hasta la fecha, ése fue uno de los días más afortunados de mi vida, aunque supongo que el karma, la providencia divina o, [especialmente] el rock and roll hubiesen hecho que nuestros caminos se cruzaran tarde o temprano.


Los Gemelos. Amantes del Rhythm 'N' Blues y los Chuletones.



El viaje camino a Vigo nos lo pasamos rememorando las mejores jugadas del FestiMal. Durante el trayecto conocí a María, compañera de aventura vital de Antonio, y amiga imprescindible del universo "Los Chicos". Chica de sonrisa eterna y dulzura interminable, además de  poseedora de un millón de virtudes entre la que se encuentra, sin ser la mejor de ellas,  una básica: aguantarle el mambo a los quetecuén.  Conocerla es amarla.


Aunque también hubo tiempo para que los gemelos me dieran toda una masterclass  sobre el pub rock de finales de los setenta, a raíz de la cinta de los Nine Below Zero que tenían puesta en su carro. Yo era un armonicista en ciernes y se me cayeron los caldos con tal descubrimiento.


Llegamos a Vigo, nos ubicamos en el kerfo de un grandísimo anfitrión, Rubén, entrañable guitarrista de Los High Sierras, y en cuya casa Antonio y Gerardo me enseñaron el primer single de su conjunto, “Los Chicos” (otro gran presagio, ya que dos años después, la misma compañía, Producciones Esporádicas, el sello del inefable Capitán Entresijos, sería quien nos editara el “Somos del Rock”, primer disco de Motociclón)


Hay que decir que en aquellos tiempos el uso de teléfono móvil no estaba muy extendido. Yo tenía la sana costumbre de agarrarme los lunes “post-fiestones” de vacaciones, para pasar la zozobra. Por si había alguna incidencia chunga en el trabajo, la empresa para la que curraba me dejaba un teléfono móvil.


Ya en dirección al parque de Castrelos, lugar dónde tocaba el ex- Rolling Stones, me acordé que había quedado con la que, por aquel entonces, era mi piba, así que la llamé:
  •  “¿Quienn?”, preguntó una voz femenina.
  • Hola, Ana.  Estooo…. ayer, tras el festival, estuve con unos colegas que acababan de pillar farlopa …  les dejé mi tarjeta, y se empezaron meter filas a caraperro …. y…  bueno… el caso es que he perdido la puta tarjeta. Menos mal que...”
  • “Espera Roberto, mejor se lo cuentas a Ana”, interrumpió la madre. 

Cuando mis recién estrenados amigos se percataron del equívoco, sobre todo teniendo en cuenta del contenido del diálogo, rompieron a reír, partiéndose el culo sonoramente. Tengo una imagen de ése momento (real o creada por mi propia perspectiva mental) inolvidable:

 Los Gemelos, Antonio y Gerardo tirados en el suelo, en posición fetal, descojonándose mientras se sujetaban las lorzas. Y esta imagen se repetiría, como os contaré más adelante.
Sea como fuere, el resto de la noche surgió entre comentarios tipo “Joder el Bill Wyman, está tó muñeco. Seguro que cuando termine el chow viene el pipa, le desatornilla los brazos y las piernas del cuerpo y le mete en un fly-case”… Birras… bailes… cubatas en “La Iguana Club”…  para terminar por la mañana temprano en una panadería pidiendo "raciones de oreja”.

Y es que, las raciones de alto octanaje es otra de sus saludables aficiones, muy por encima de la drogaína, por mucho que ésta  adquiera forma de flamenquín,  zarajo, gambón o bicho comestible.



C O N T I N U A R Á….

... de todas formas,  os dejo una lista de los grupos a los que vi (incluso termine armoniceando con tres de ellos)... aunque de ésa edición de 2002 sólo recuerde a los Hollywood sinners. A ver si Edu o Carmelo me ilustran .....

https://www.youtube.com/playlist?list=PLKgc8dkDY9vkPCXcPCJ_OFl8hFwmzjY80

martes, 2 de abril de 2019

El Abono Transtorno




Observad la foto de mi Abono Trastorno de 2002, justo cuando tenía 30 añitos recién cumplidos. Pues os voy a contar lo útil que me resultó en un concierto, concretamente en la sala antes llamada "Arena" y rebautizada en numerosas ocasiones, dependiendo del sponsor de turno, hasta su cierre en 2017. El grupo, los "No Use For A Name", uno de mis grupos favoritos de la escena que se denominó “Hardcore Melódico”.

 

Tengo que decir que la “sala” de marras era, realmente, una puta discoteca tecno, reutilizada, al igual que otras tantas, como "sala rock" y así poder aprovechar los horarios “de tarde” para inmediatamente después del show, echar a la gente con las vallas de seguridad utilizadas para tal menester a modo de "quitanieves", tratando al respetable sin ningún tipo de respeto, más bien como si fuesen animales de corral. Sonaba regular, la priva era carísima y lxs curris eran unos rancios y unas siesas.

 
No creo que nadie la eche de menos, a pesar de que allí tocaron grupos maravillosos…  

(Ahí tenéis una lista del youtube que he hecho para la ocasión)

 Nada más intentar acceder al recinto, me encuentro con que el maromo de la puerta (un armario empotrao de 2x2) me interrumpe el acceso solicitándome que le muestre el DNI. Pero en lugar de enseñarle la papela, le dejo que observe el abono trastorno, mientras le digo:

- “Tron, si ya tengo edad para necesitar el abono transporte de los mayores” 



Tras una sonrisilla y un "…anda que…", me permite la entrada.
Después de un par de litros, mientras terminaba su actuación el grupo invitado, los muy recomendables Nerf Herder (no os perdáis este pedazo de video-hit) me dirijo al tigre a mearla. Desciendo por unas escaleras y veo que el baño que hay justo enfrente es el de las chicas. A su derecha, pero en la pared perpendicular, está el de los tíos por lo que me volteo hacia la derecha para entrar.
Meo sin mucha parafernalia, y salgo del tirón,  sin tener en cuenta el giro que había hecho minutos antes para el acceso al meadero.
 
De esta manera salgo hacia adelante, y me encuentro con una puerta cerrada (de esas que tienen un pastruz con una barra, y se abren presionándola hacia abajo)  y la abro, entrando en un habitáculo que evidenciaba que no estaba en la sala donde se celebraba el concierto. Y según descubro el pastel de mi error, "Flop!" oigo como la puerta se chapa a mis espaldas con un suave, pero doloroso golpe.
 Me doy la vuelta y compruebo que el portón es de única apertura. Ni pomo, ni tirador,  ni ostias.
Entonces veo un cacharro gigantesco con algunas luces, que emitía un zumbido leve, pero irritable. Supongo que sería un Grupo electrógeno o algo así.

Me cago en mi vida, me había quedao encerrao en el cuarto de la luz.

Tras pasar por delante de un panel eléctrico inmenso con un cerro de automáticos, diferenciales y su puta madre, veo una puertecilla mucho más de las de andar por casa. Tras abrirla y  recorrer un pequeño pasillo, culmino mi pequeña aventura en la cocina del restaurante conocido como "Rodilla”.


Y dándole las buenas tardes a los perplejos sandwicheros, salgo al salón-comedor de la popular franquicia y de ahí, y como no podría ser de otra forma, a la puta calle.
Otra vez en la puerta de la discoteca, observo de manera tranquilizadora cómo no habían cambiado de esbirro.





- "Socio, que soy el de antes, el del abono trastorno" , Le digo enseñándoselo de Nuevo.




El tipo me reconoce de inmediato y tras otra sonrisilla (por lo visto también tuve la suerte de que me tocase el simpático) conseguí entrar de nuevo.



Por lo demás, poco más que reseñar. Únicamente que el concierto de los "NUFAN" duró apenas 30 minutos. Y yo cagándome en sus muebles. Unos días más tarde me enteré que el cantante cortó el concierto porque un lapo letal lanzado por algún "fan" de las primeras filas, no es que le endiñase en el careto, sino que tuvo el acierto de insertárselo por las fauces hasta el mismísimo esófago.


 
Puto asco de peña.
 

























domingo, 12 de marzo de 2017

LA TARDE QUE VOLVÍ A NACER

Tengo un colega ferrolano que se llama Mito.

No sé su nombre real,  pero eso no importa mucho. Lo importante es que es un tío de puta madre, y un músico cojonudo.  
Toca en un grupazo  hardpop que se llama Holy Water y de los que me reivindico como fan absoluto. Al loro qué temón:




También  estuvo en Mongollica,  el mejor puto tributo a Metallica del mundo.

Si no fuera por su imagen de paisanos, por su elevado caché, y porque El Ferrol está donde da la vuelta el viento,  lo hubieran petado en el circuito de tribute-bands del globor:


Pero si hay algún artista por el cual mi amigo Mito haya sido objeto de alabanzas es por su colaboración con el gran F De FECAL.  No os perdáis su infame, a la par de sublime, cover del "Black Sabbath":


El caso es cuando le pregunté si era él quien tocaba el "sobaco-fuzz", me dijo "Qué va tío, yo soy el de la melódica" (la "melódica" no es otra cosa que el pastruz ése que  es como un tecladillo que se toca soplando por un tubo).

Seguidamente, Mito añadió: "Yo es que NO tengo superpoderes. Ya me gustaría...."

Al loreto Valverde. “No tengo súper-poderes”, me dice el prenda.

Esa afirmación me hizo pensar en la cantidad de colegas que tienen  ése tipo de “virtudes” las cuales  quizá no sirvan ni para tomar por el culo, pero que siempre fueron objeto de chanza, risas y admiración por parte de los presentes,  en alguna  de aquellas tertulias en esos tiempos pretéritos en los que compartíamos tardes de calor letal sentados en un banco de la calle;  por poner un ejemplo. 

Alguno de los muchos “superpoderosos” del barrio eran mis dos grandes amigos, los gemelos Jesús y Carlos (éste último conocido como “Halford” en los círculos artísticos).

Los Gemelos eran capaces de silbar introduciéndose cualquier dedo entre los dientes.  También hacían una cosa muy extraña con los párpados: les daban la vuelta de forma que la carne interior, de color rosado,  se les quedaba a la intemperie, y el careto resultante daba tan mal rollo que parecían monstruos mutantes.  U otra muy curiosa: se te quedaban mirando, abrían la boca mínimamente, y, en un golpe de mandíbula, les salía de las fauces un chorrete como el de las pistolillas de agua. Vamos, que te larpeaban el jepeto por la feis, ante las risas de la concurrencia.

Por citar, rápidamente y sin tirarme mucho el folio, a un par de personajes que tenían características mutantes, había un gitano en el barrio al que apodaban “El Espiderman de Goma”, y es que el  notas era capaz de darse un garbeo “a la pata coja”. Pero con la pantorrilla apoyada en la nuca.

Otro, mi hermano Franchu, independientemente de la altura desde la que se tirase a la piscina o el impulso que pillara, caía al agua, pero lo hacía como una boya (y no, no es ése truco en el que sumerges, te quitas el bañador, y sacas las nalgas a la superficie). Y es que al Franchu no se le hundía la cabeza.

Bueno, voy a finalizar éste pequeño glosario de súper-poderes, con la extraordinaria habilidad que tenía César, y así doy comienzo a éste capítulo,  que por eso le he puesto el nombre que le he puesto.


Como alguna vez os he comentado, desde hace muchos años, casi treinta, paso muchos días de verano y algunos puentes en un precioso pueblo de la sierra de Gredos que se llama Cuevas del Valle.
Allí, al igual que a muchos personajes reseñables en mi vida, conocí a César. Creo que le apodaban “El Maqui” o algo así. Oriundo de Alcalá de Henares, César era amigo del “Ferdi”, un chaval muy cachondo de la cuadrilla de mi hermano Rubén “el Zeta”. Pero César, debido a su carisma y peculiar forma de tomarse las cosas, enseguida se ganó el afecto y cariño por parte de diferentes parroquias, incluida la mía. 

César era muy gracioso. Bajito y flaco y con “peinado-cenicero” (muy común entre los bakalas noventeros).
pelo-cenicero.
El zagal de la foto no es César. Es Gregorio, "Que tiene un ojo fijo, y el otro giratorio".



Con las orejas puntiagudas pero ligeramente desabrochadas en la parte inferior, César utilizaba esta última facultad para quedarse con la peña: Se metía los lóbulos de ambas orejas en el oído y se ponía a moverlas de atrás hacia adelante, hasta que de repente y casi simultáneamente, hacían “flop!” y todo volvía a su sitio, ante la mirada atónita de los iniciados, y los aplausos de los múltiples fans que empezábamos a ser legión entre los Covacheros (lugareños de Cuevas del Valle). 

Con un timbre de voz aflautado, similar al de “El Pirri” (conocida estrella del cine-quinqui de los ochenta),   César tenía lo que comúnmente se conoce como “frenillo”. Esto es, que debido a un problema en la parte inferior de la lengua, las “c”, las “r” y otras consonantes las pronunciaba de forma que, en lugar de salir “ce” o “erre”, le salía un sonido algo difícil de describir.  Cuando coincidí con él aquella tarde de verano en la Estación Sur de Autobuses, hacía un año que no le veía, así que, por si no se acordaba de mí,  no dudé en presentarme:
  • “Hey! Que pasa!? Soy Roberto, el hermano del Zeta, ¿cómo lo llevas?”
  • “Dabuten. Me chindo el finde al pueblo”
  • “Pues nos vamos juntos… Por cierto, socio, ¿cómo te llamabas, que no me acuerdo?”
  • “Jshejshag”
  • “¿cómor?”
  • “Jsheeejshag”
  • “Perdona macho, pero no te pillo….”
  • “QUE ME LLAMO JSHÉJSHAG, COÑO!!!”
    Cómo veis, llamarse “César” y tener frenillo, es una putada cuando intentas decir tu nombre. Por eso es mejor utilizar un apodo pronunciable por todo el mundo.
    Cuando llegamos al pueblo, lo primero que hicimos fue intentar buscar a los parroquianos que formaban parte de la pandilla de César, y que, como os he comentado antes,  era la misma que la de mi plas.
    Era una tarde de calor, por lo que supusimos que estarían en la piscina, o en el río. Pero fue Jose “El Panceta”, quien nos informó de su paradero.
    Le vi cruzando por la esquina de “El Casino” (la taberna social del pueblo) en dirección al caño de agua que hay instalado en del muro de la iglesia, y  le silbé:
  • “fiiiiuuuu!! Aúpa ése Pancetaaa!! ¿no sabrás dónde andan mi hermano Rubén, el Ferdi, y toda ésa peña? Es que César, un colega suyo, ha venido a verles”.
  • “Roberto! ¿Qué pasa tronco? Éstos están en Rasquilla.  Se han subido a pasar la noche. De pedo, ya sabes…”
    “Rasquilla” es un paraje que, teniendo en cuenta que está en la sierra de Gredos, tampoco es que sea como para tirar cohetes, pero tiene un prado por dónde cruza el río Tormes y hay alguna charca para bañarse. En ésa época, incluso podías plantar una tienda de campaña.
    Así que cuando éramos teenagers (sin coche y con poca pasta) íbamos de vez en cuando, pegándonos una pateada brutal subiendo unos dos Kilómetros por la empinadísima Calzada Romana desde Cuevas al “Puerto del Pico”, y luego caminando por el arcén de la N-502 otros tres kilómetros más. 
    Caminar todo ése trayecto, era inviable para César.
  • “Cagondiolsghs”  Suspiró César, sin poder disimular su desazón.
    Pero El Panceta, truncando cualquier atisbo de preocupación al respecto, irrumpió rápidamente:
  • “Yo os llevo. No hay problema”. “Me he sacao el carné este año, y tengo carro!!”
    Así que acompañamos a José hacia su buga con intención de culminar el encuentro entre César y sus añorados amigos.
    Jose “El Panceta” era un chico jovial. Era a quien más se le oía cuando se ponía a cantar, fuera cual fuera el  escenario. Si en el disco-pub del pueblo (El “Zipi & Zape”) estaban poniendo a los Suaves a todo rabo, él se ponía a cantar a los Barricada, y sólo se le oía a él.  Podías estar en una calle o plaza del pueblo a varios cientos de metros de distancia del “Panceta”, que podías escuchar sus melodiosos berridos, aunque él estuviera en la otra punta.  
    Además, se jactaba de sus múltiples hazañas entre sus compadres, por lo que muy a menudo montaba corrillo para contar sus aventuras.
    Durante el trayecto a nuestro destino, y mientras subíamos las múltiples y cerradísimas curvas del valle, Jose “El Panceta”, nos contaba lo bien que le estaba viniendo lidiar con todos los tramos de carretera y caminos semi-asfaltados (y angostamente curvos) de las cinco villas, enclave dónde se encontraba el pueblo.
  • “Le estoy quitando el miedo”, decía orgulloso, mientras miraba a su derecha y hacia atrás, trasmitiéndonos su entusiasmo.
  • “Vale, me parece de puta madre. Pero mira pa’lante, tgonco”, le respondía César.
    Cuando llegamos a “Rasquilla” el encuentro fue de lo más fraternal, e inmediatamente se compartieron abrazos, besos, tabaco mezclado, tabaco sin mezclar, y una caja de botijales de “San Miguel” (en fin, en ésa zona es lo que hay), recién adquirida de la “Venta Rasquilla”, uno de los establecimientos de la zona.
    Pero por parte del Panceta y mío, una vez cumplimos nuestro cometido, el encuentro duró lo que dura un botellín fresquito en una tarde de verano.
  • “Tío, yo me tengo que pirar” dijo El Panceta, mientras finiquitaba su birra y emulaba a los sapos y ranas de la zona, con un sonoro eructo.
  • “Y yo, que  también quiero ver a los de la peña”. Le respondí.
    Así pues, enhebramos de vuelta a Cuevas del Valle.
    En pocos minutos ya habíamos pasado el Puerto del Pico, iniciando un descenso hacia el pueblo que consta, como he comentado, de incontables y cerradísimas curvas y muy pocos tramos rectos. 
    Llegando a una de ésas escasas rectas, nos topamos con un camión en nuestro carril. Pero no un camión de ésos pastruceros que tienen una caja frigorífica, o un habitáculo para transportar chatarra o del tipo de camiones que llevan los rumanos para acumular cartonaje  en el centro de la capital. No. Éste era un puto tráiler, con su cabeza tractora “Volvo”, “Man” o “San Suputamadre”, y un remolque en el que cabía toda la tabacalera española. 
    Comprobé su longitud cuando “El Panceta”, experimentando una simbiosis entre el Mel Gibson de “BraveHeart” cruzao con  el de Max Rockatansky (el de “Mad Max”), se puso a adelantarle, invadiendo el carril contrario. Así, sin pensar. Con dos cojones.
    Pero los cojones se nos introdujeron para dentro del cuerpo hasta llegar a  la boca del estómago, cuando nos topamos con un coche que venía de frente.
    Y de repente, como si el mundo hiciese una pausa en su rotación, todo enmudeció. El conductor del vehículo que, casi de forma inevitable se precipitaba a lo que sería un choque frontal ineludible, giró levemente su turismo hacia su derecha, invadiendo el arcén lo justo para que El Panceta se ajustara al camión, y los tres vehículos pudieran caber, de forma inverosímil, en la estrechez de la calzada. 
    El silencio se mantuvo durante al menos un minuto. Hasta que El Panceta lo rompió, diciendo ...

    • “Joder, macho. De la que nos hemos librao”  Dijo. Tras una leve pausa, continuó:
      “… No digas nada en el Pueblo.”
    • “Tranqui”. Le respondí, mientras me preguntaba “Hemos estado a punto de matarnos, y a éste sólo le preocupa su reputación como conductor ¡?”
  • Pero no me enfadé con él. Creo que nunca más volví a montarme en un coche conducido por Jose “El Panceta”, pero no. Ni me enfadé ni se lo reproché. Al fin y al cabo nos habíamos librado de un piñazo de consecuencias desastrosas.
    Por supuesto mantuve mi promesa de no contar nada a la gente de Cuevas. Pero no tuve que cumplirla más allá de unas horas, ya que, ésa misma noche, cuando estábamos  a punto de iniciar un mambo brutal en las tascas del pueblo, alguien de mi cuadrilla (no recuerdo si fue JuanCarlos “El Cafre”, Alberto “El Pato”, o “Edu-Cataratas”) me dijo…
    “¿Qué te ha pasado esta tarde con el fitipaldi del Panceta??” … “aja ja aja akaja . ajajjaja..”
    Y es que, como he dicho antes, a mi amigo Jose, conocido como “El Panceta”, le encantaba hacer corrillo y contar sus aventuras.
                                                                                        F I N



Ah!!

Volviendo al Mito. Sigo sin saber cuál es su nombre de pila. Pero llevo unas semanas escribiéndome con él. Siempre hablamos de rock y lo que hacemos con él (o mejor dicho, lo que el rock hace con nosotros). Ahora tiene una perfo industrial-punk-blues no se qué pollas. Y voy a intentar pegar unos berridos y escribir algo con él. A ver qué onda.

 Entre tanto, me gustaría compartir con vosotros ésa maravilla de grupo que son WINDOW PANE, y que, aunque  lo llevan intermitentemente y con calma, siempre ha sido su grupo de toda la vida, y así añadimos otro de los enésimos proyectos en los que anda metido. Y, seguramente, el más genuino:


A flipar!





jueves, 16 de febrero de 2017

PULPO BRAVO


Es como si algo me hubiera arrancado las entrañas y las hubiera metido en el congelador. Ése “algo” que decide que tanta buena gente emprenda el eterno viaje sin retorno, mientras hay gentuza que sobrevive a tumores, petardos de los gordos, u hostiazos en helicóptero (por poner tres ejemplos al azar).

No consigo hacerme a la idea de que no pueda volver a ver a mi amigo, y la impotencia me invade al pensar que justo mañana tenía planeado viajar a Guernika (junto con los compañeros de Motociclón que  tenían la posibilidad de hacerlo, y nuestros amigos Paco May y Oscar “El Protozoo” –del cual Pulpo era muy fan, según sus palabras-). Y recorrer unos cuantos cientos de kilómetros, como en los tiempos del rock, pero sustituyendo los conciertos y la jarana por un abrazo suyo.

No deja de ser paradigmático que justo cuando iba a registrar su número en mi móvil para llamarle y confirmar nuestro encuentro (ayer me hicieron el cambio de operadora y perdí un cerro de contactos), el puto teléfono me daba  un “!” y no lo guardaba. A los pocos minutos Manu Porco me llamaba para decirme que le habían sedado (poco antes él me había informado de que su estado no era como para recibir a nadie). A las pocas horas, se confirmo su expiración, y una terrible tristeza me invadió.

El pasado mes de octubre le pegué un tocal por teléfono. Sólo para ver que tal estaba, para hablar con él. Sin más. No lo conseguí, pero al día siguiente me llamó diciendo “¿ayer me llamaste? ¿Qué, ya te ha dicho el Manu lo de mi cáncer?”.

Se  me cayó el costo. Sólo le había llamado para que me contase cómo le iba, no tenía ni idea de su diagnóstico. Me pidió que no se lo dijera a nadie, y eso hice, hasta que el mes pasado se planteó una reunión de los Motociclón para cantarle a la puerta de su kerfo, si fuera necesario… pero los acontecimientos, y el avanzado estado de su enfermedad,  truncaron toda posibilidad de hacerlo.  No sé si este puede ser o no ejemplo de la conexión especial que teníamos mi compadre y yo. Y desde entonces, no dejé de llamarle, cada poco tiempo...


Echando la vista atrás,  cuando le conocí, Los Porco Bravo y el Motociclón ya habíamos fregao juntos muchos suelos, pero ésa noche en Villarcayo (el pueblo más rockero de Burgos y más allá) era la primera vez que coincidíamos con El Pulpo.
 Estábamos en una especie de trastienda que hacía las veces de camerino, jincando birras y poniéndonos hasta el ojal con  las viandas que nos habían puesto, cuando nos dijo “Vosotros sois mis fans”. Y es que tenía una particular forma de expresarse, dándole la vuelta a las frases.... y ése era su modo de mostrar su aprecio por nosotros. Aprecio que, con el paso de los años y los festis compartidos, se convirtió en amor mutuo.

Sí Pulpo. Nosotros somos tus fans.

En uno de los muchos encuentros que tuvimos, concretamente en el Aritzatxu Rock de Bermeo, subió a tocar “Compadre” y ésa canción nunca volvió a sonar igual….

            Ahí está. Como está grabao con un móvil pastruzer los graves saturan a topor, pero en el festi sonó de putifa.


No creo que nunca conozca a nadie con ése brillo en los ojos que hacía que su mirada definiera la bondad que poseía, o ésa particular forma de soltar las palabras, a trompicones y a un bajo volumen, que le hacían parecer un personaje de dibujos animados (además, contaba unos chistes cojonudos). Pero cuando agarraba la Les Paul y la hacía sonar, todo se paraba. Para, seguidamente, volvernos a llenar de vida con la grandeza de sus riffs.

Porque la vida se le habrá ido, pero su magia seguirá visitándome con la escucha de cada una de sus canciones.

Te echo de menos, hermano. Gracias por todo.
Por todo menos por irte tan pronto.


Maite zaitut, lagun.

aquí está el Pulpo. De chófer.
No habrá otro igual.